Las fuentes y barreras del crecimiento: México y China
¿Qué hace que unas economías tengan aceleradas tasas de crecimiento, mientras que otras permanecen estancadas o crecen a tasas inferiores a la de su población? Explicar las causas del crecimiento económico ha desvelado a generaciones de economistas, desde Adam Smith en el siglo XVIII hasta nuestros días. Hace cincuenta años, Robert Solow publicó dos artículos sobre las causas del crecimiento económico que eventualmente le merecieron el Premio Nóbel de Economía. Solow demostró que la acumulación de capital por sí sola no genera crecimiento sostenido. La idea que había prevalecido hasta el momento era que bastaba con aumentar el capital disponible a cada trabajador para aumentar su productividad. Solow demostró que el proceso de acumulación de capital eventualmente genera retornos decrecientes. Darle una segunda computadora a un trabajador que ya cuenta con una no duplica su productividad.
Si la acumulación de capital no genera crecimiento sostenido, ¿qué puede generarlo? Según Solow, el progreso tecnológico, ya que puede aumentar el producto generado por un país sin aumentar la mano de obra o el capital. Sin embargo, Solow nunca explicó qué determina el progreso tecnológico. Simplemente lo tomó como un factor “exógeno” a su teoría.
En los 90s una nueva generación de economistas, encabezados por Paul Romer de la Universidad de Stanford, desarrollaron una nueva corriente conocida como “crecimiento endógeno”, la cual trata de explicar las causas del progreso tecnológico. Romer concibe las ideas como bienes, y concluye que, a diferencia del capital, la fabricación de ideas goza de retornos incrementales. Reconoce que las ideas son caras de producir pero muy baratas de reproducir por lo que para incentivar su generación se requiere de mecanismos que le permitan a quien las generó beneficiarse de éstas a través de sistemas de patentes, marcas y derechos de autor. La conclusión que se deriva de la teoría de Romer es que la única manera de acelerar el crecimiento económico de un país de manera sostenible es a través de la innovación tecnológica continua, y para eso se requiere educar a la gente, incentivar la investigación y el desarrollo, estar abiertos al intercambio de ideas, y proteger de manera decidida la propiedad intelectual.
En este contexto es importante preguntarnos cuáles han sido las fuentes y las barreras del crecimiento que ha tenido nuestro país en los últimos años y contrastarlas con la experiencia del país que ha tenido la tasa de crecimiento económico más alta del mundo en las últimas dos décadas: China. Entre 1990 y 1999 China sostuvo una tasa compuesta de crecimiento de 10.65% anual. Entre el 2000 y el 2006 la economía china creció a un promedio de 9.76% al año. México, en contraste, creció a una tasa promedio de 3.13% entre 1990 y 1999 y de 2.31% entre 2000 y 2006.
¿Qué explica esta marcada diferencia en las tasas de crecimiento de México y China? Una serie de factores. Para empezar, China tiene un PIB per capita mucho más bajo que el de México, y al venir de una base más baja es más sencillo incrementar la tasa de crecimiento vía acumulación de capital. China tiene un mayor superávit de mano de obra del que cuenta México, y por lo mismo tiene una relación de capital por trabajador menor que la de México, por lo que sus retornos marginales a la acumulación de capital son mayores.
Sin embargo esta es solo una parte de la explicación. Sería simplista decir que China crece más rápido que México simplemente porque está partiendo de una base más baja o porque tiene costos de mano de obra menores. Si esa fuera la razón principal de su crecimiento veríamos a países como Nigeria o Bangladesh creciendo a tasas todavía mayores. Claramente hay cosas que China ha hecho bien que han contribuido a acelerar su crecimiento, al igual que hay cosas que México ha dejado de hacer que han frenado el suyo.
Un estudio elaborado por el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) demuestra que México ha venido perdiendo terreno frente a China en el costo promedio de los productos que fabrica. De acuerdo a dicho análisis, China ha venido abatiendo el costo promedio de sus productos de manera sostenida y superó el costo promedio del producto fabricado en México en el 2000. De todos los factores de producción el que más contribuyó a la reducción del costo de los productos chinos fue el costo de la energía: el 29.5% de la reducción del costo de los productos chinos se debió a una disminución del costo de la energía. En México, en contraste, el costo de la energía no solo no ayudó a que los productos mexicanos se volvieran más competitivos, sino por el contrario, contribuyó a que se encarecieran en casi un 2%. El único de los factores de producción en México cuyo costo disminuyó entre 1995 y 2003 fue el costo del capital.
México tiene hoy uno de los costos más altos de electricidad en el mundo. El costo de un kilowatt/hora es 240% más caro en México que en China. Esta marcada diferencia en el costo de un insumo de producción tan importante es uno de los principales causales de pérdida de competitividad de los productos mexicanos en los mercados internacionales.
En el campo laboral México también ha venido perdiendo competitividad frente a China. Según datos del IMCO, entre 1995 y 2004 el salario promedio en México se incrementó en 75% mientras que la productividad promedio de un trabajador mexicano se incrementó en solo 40%. China, en contraste, tuvo un incremento de su salario promedio del 139%, pero su productividad se incrementó aún más, 142%, durante el mismo período. Aún cuando el salario promedio chino ha tenido un mayor crecimiento que el mexicano en los últimos años, el costo de la mano de obra manufacturera sigue siendo 430% más caro en México que en China.
Las marcadas diferencias que existen en los costos de estos importantes factores de producción explican gran parte de la pérdida de competitividad de los productos mexicanos en los mercados internacionales. Una clara muestra de esto es la erosión de las exportaciones mexicanas como porcentaje del PIB. En 1996 las exportaciones mexicanas representaron el 32% del PIB. Para 2006 esta proporción disminuyó a 30%. En China, en cambio, la participación de las exportaciones en el PIB creció del 21% en 1996 al 41% en 2006.
En 2003, China superó a México como exportador a Estados Unidos. En 1999 el 10.4% de las importaciones de EU provenían de México y solo el 7.8% de China. Para 2006 Estados Unidos importó ya el 13.1% de sus productos de China y la proporción de las importaciones mexicanas cayó al 9.0%.
Podríamos pensar que conforme el costo de la mano de obra china aumente y los retornos a la acumulación de capital disminuyan veremos una desaceleración importante de la economía china. Podríamos suponer, siguiendo a Solow, que el crecimiento chino no es sostenible ya que se basa en la acumulación de capital y no en progreso tecnológico. Sin embargo ésta no sería una conclusión correcta. Hoy por hoy, China invierte más en investigación y desarrollo y en tecnologías de la información de lo que invierte México, y sus exportaciones cada vez cuentan con un mayor componente tecnológico.
Según datos del IMCO, China ha aumentado su inversión en investigación y desarrollo del 1% del PIB industrial en 1995 al 2.5% en 2003. México, en cambio, seguía invirtiendo en 2003 alrededor del 1.2% del PIB industrial en investigación y desarrollo, casi la misma proporción que invertía en 1995. En cuanto a inversión en tecnologías de la información (TI) la tendencia que han seguido México y China han sido opuestas. China pasó de invertir el 6% de su PIB industrial en TI en 1995 a cerca del 11% en 2003. México, en cambio, pasó de invertir el 7% de su PIB industrial en TI en 1995, al 6% en 2003.
La composición de las exportaciones chinas también refleja la creciente sofisticación tecnológica. Según datos de la UNCTAD, las exportaciones chinas intensivas en mano de obra pasaron del 42.8% en 1990 a 37.3% en 2000, mientras que las exportaciones chinas con algún componente tecnológico pasaron de 31.3% en 1990 a 51.8% en 2000. Las exportaciones de alto contenido tecnológico representan ya el 28% del total de las exportaciones chinas. En el mercado estadounidense de partes para computadoras personales, por ejemplo, la participación de las importaciones chinas crecieron del 11.4% en 2000 al 42.7% en 2006, mientras que la participación de las importaciones mexicanas se contrajo del 7.4% en 2000 al 4.1% en 2006.
Por último, China ha sido más exitosa que México para integrar cadenas productivas que abastezcan a sus clusters tecnológicos. En China el 54% de los insumos que se utilizan en las industrias de alta tecnología se fabrican localmente, mientras que en México menos del 5% de los insumos que se utilizan en este tipo de industrias se fabrican localmente.
Si pensamos que en unos años China va a desacelerar su crecimiento económico y la amenaza que representa para México va a disminuir, tenemos que pensar dos veces. China se posiciona cada vez mejor para sostener el crecimiento que ha alcanzado por muchos años más, pues ha entendido que en el largo plazo el crecimiento económico es más un tema de progreso tecnológico que de acumulación de capital. Sin duda China tiene muchas tareas pendientes, que van desde proteger los derechos de propiedad intelectual y brindar mayores garantías a la inversión privada, hasta combatir la corrupción y flexibilizar el marco regulatorio. Sin embargo es innegable que China está sentando las bases para un crecimiento de largo plazo que se sustente no en exportaciones intensivas en mano de obra barata, sino en productos de cada vez mayor sofisticación tecnológica.
México, por su parte, tiene que decidir si quiere dar la batalla en esta carrera por la competitividad o si verá pasar a China en su camino al desarrollo como hace veinte años vio pasar a Corea, Singapur y Taiwán. Hay muchas cosas que México puede hacer para acelerar su crecimiento en el corto plazo, desde reformar el marco regulatorio del sector energético para reducir los costos de la energía, hasta mejorar la infraestructura e incentivar la competencia en diversos sectores de la economía. Pero si queremos sentar las bases para un crecimiento sostenido de largo plazo tenemos que ser capaces de innovar, de generar nuestras propias ideas y nuestros propios desarrollos tecnológicos como lo hicieron los países del sureste asiático que nos alcanzaron y superaron en la carrera al desarrollo. Para ello, además de invertir más en investigación y desarrollo y en tecnologías de la información, la apuesta más certera que podemos hacer es elevar la calidad de la educación. Todos los países del sureste asiático que hace cuarenta años eran más pobres que nosotros y que hoy tienen un PIB per capita de más del doble del de México acompañaron sus reformas económicas de verdaderas revoluciones educativas y hoy cuentan con niveles educativos entre los más altos del mundo. Hoy China todavía no participa en la mayoría de las evaluaciones internacionales de calidad educativa, pero el día que lo haga sus resultados probablemente nos sorprenderán.
A México le urgen una serie de reformas estructurales para acelerar su crecimiento. La reforma fiscal, la reforma energética y la reforma laboral son reformas que sin duda urgen para acelerar el crecimiento en el corto plazo. Pero como Solow predijo y Romer comprobó, la única reforma capaz de generar crecimiento económico de manera sostenible en el largo plazo es la reforma educativa. Es tiempo que empecemos a hablar de ella.
Este y otros temas serán discutidos en la Cumbre Anual 2007 de los Jóvenes Líderes Globales del Foro Económico Mundial, que se celebrará en Dalian, China, del 4 al 8 de septiembre próximos. El grupo de Jóvenes Líderes Globales son una comunidad variada de líderes mundiales menores a los 40 años, que está comprometida a dedicar parte de sus conocimientos y de su esfuerzo durante los próximos tres años, para trabajar de manera colectiva en iniciativas y proyectos que contribuyan a la construcción de un futuro mejor.
Director General de Cinépolis
Joven Líder Global del Foro Económico Mundial.